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Capítulo XXVIII

Sábado, 30 de Mayo de 2009

Nueva York

Se podría decir que mi ciudad es Nueva York. En ella siempre me he sentido cómodo. Nunca he sido un extranjero en la capital del mundo. Nos acoge con interés y nos exige día tras día sin descanso, lo mejor de nosotros. El ritmo de vida es trepidante, salir simplemente a pasear es una aventura apasionante. Los recién llegados los localizas inmediatamente porque sus miradas se dirigen sin cesar hacia el final de los rascacielos. Manhattan huele a azúcar. El café, por norma, es agua sucia. Existen muchos restaurantes, es cierto, pero no es fácil comer bien. Hace mucho frío y mucho calor. Tomarte una cerveza es caro, pero tomarte una copa de vino es casi para millonarios. No hay motos. Hay miles de taxis, pero intentar coger uno a las seis de la tarde es casi imposible. Si no tienes la cartera llena de dólares, ese no es tu lugar. Los hispanos son los que se están quedando con todos los puestos de trabajo relacionados con la hostelería. El metro es pequeño y rancio. El Soho es un oasis de paz y arte. Creo que no acabaría nunca de hablar de esta ciudad, les aconsejo que la visiten lo antes posible ya que les cambiará la percepción del tiempo y del espacio. Seguramente la mejor época es en otoño, o mejor dicho, cuando empieza la temporada el MET, o bien en primavera.

A finales de los años noventa, mis visitas a Nueva York eran constantes.
En una ocasión fui invitado por el Consulado Español y por la SGAE para estrenar mi Cuarteto de cuerdas nº 3 a cargo del Elsner String Quartet en el Hubbard Recital Hall, fue la primera ocasión en que mis partituras viajaban en valija diplomática.

Llegué al JFK después de un viaje relativamente tranquilo…, tanto si se viaje en turista o en business, la comida en los aviones es horrorosa, aunque para un trayecto de más de tres horas, mi consejo es que ahorren e inviertan en el billete.

En el aeropuerto me esperaba un chofer con su correspondiente limusina que me trasladó hasta el Maraka’s Hotel. En él tuve la “gran suerte” de encontrar al “botones”. El susodicho individuo de unos cincuenta años -con barba de dos días, con unos 150 kilos de peso, con una chaqueta y pantalón rojos comprados en su más tierna adolescencia los cuales nunca se habían lavado y que iban dejando atrás un importante rastro de sudor para que si algún día el hombre se perdía lo pudieran encontrar fácilmente, con la cremallera del pantalón abierta, una pajarita tristemente descolocada que gritaba ser quemada, una camisa “gris-sucio” cuatro tallas más pequeña, unos calcetines para jugar al tenis, y un “acento” a whisky barato -fue el encargado de llevarme hasta mi habitación. La llave era una de esas tarjetas tan de moda actualmente y parece ser que la criatura no entendió bien el número correcto, es decir me llevó a casi todas las plantas del hotel y metió la graciosa tarjetita en todas las puertas que pudo, siempre con el mismo resultado, una lucecita roja. Ya exhaustos, el personaje vió una puerta medio abierta y de repente y antes que se cerrara le pegó un patadón a la citada puerta que el hombre casi se rompe la columna vertebral y parece ser que la pobre asistenta que estaba limpiando los cristales de las ventanas se precipitó al vacío del susto. Gracias a Dios cayó sobre un contenedor de ropa sucia del hotel y pudo salvar la vida, aunque no volvió a ser la misma, desde aquel día dirige miradas asesinas al botones de las narices. El colmo de la llegada fue que con tanta visita a las diferente plantas del hotel, el gracioso del botones perdió mi maleta, “…no se preocupe, ahora mismo la encuentro, no puede estar muy lejos, je, je, je, …no ha nacido la maleta que pueda conmigo…je,je,je,…en una ocasión, tiene mucha gracia por que…” dijo el imbécil del botones antes de que le cerrara la puerta en las narices.

Lo que si que tuvo mucha gracia fue que como durante el resto de la tarde tuve ensayo con el Elsner String Quartet, y al día siguiente por la mañana realicé una visita privada a la ONU gracias a un gran amigo que trabaja en el Consulado, no tuve tiempo de comprarme absolutamente nada para ir al estreno de la noche, y aunque siempre tuve la esperanza que apareciera la maleta, ésta se había esfumado.
El “gran favor” que me ofreció el botones del hotel, fue prestarme un esmoquin que tenían en recepción para casos urgentes. No tuve más remedio que aceptar ese derroche de amabilidad.
El olor a naftalina tiraba de espaldas, creo que había pertenecido al piyayo del director del hotel, el diseño era setentero, es decir los pantalones con patas de elefantes y una chaqueta super estrecha, el color era “topo” y además era diez tallas más grande que la mía. Para que se hagan una idea, el cinturón del pantalón tuve que situarlo a la altura del esternón, de esta manera podía caminar sin arrastrar los pantalones, y el final de la chaqueta me llegaba a las rodillas, es decir todo un espectáculo. Y así es como fui al estreno de mi tercer cuarteto de cuerda.

Cuando llegué al auditorio, la gente me vio y como es normal se asustó, pero rápidamente corrió la voz de que ese era el traje tradicional de los compositores españoles y entonces toda persona con la que me cruzaba me decía: ¡ole! ¡torero!

Una vez interpretada mi obra -final de la primera parte- salí al escenario para felicitar a los músicos y saludar al público asistente, qué vergüenza, aún no entiendo como tuve ese valor. No me quedé a la segunda parte del concierto ya que mi amigo del consulado me llevó a un cóctel que organizaba el consulado inglés. En él tuve la ocasión de saludar a una compañía de teatro inglesa que estaba triunfando en ese momento en Broadway y que además fui a verlos al escenario unos días más tarde, también estuve hablando con diferentes escritores norteamericanos que querían saber exactamente por qué llevaba esa ropa. Al final de la velada conversé con algunos diplomáticos de diferentes países.

Fue en ese cóctel cuando conocí a Giuseppe Trarico, él iba acompañando al cónsul de Italia, y cuando me vió, pensó que un personaje así no podía dejarlo escapar. Desde entonces no me ha dejado ni a sol ni a sombra, su pesadez no tiene límites, pero ante todo es una buena persona, y esto hoy en día es prácticamente inaudito.

Posdata: Quiero agradecer de todo corazón a la SGAE, la propuesta como candidato único, al XI Premio Convivencia 2009 de la Ciudad Autónoma de Ceuta. Supongo que mis obras “La vida” donde narro la importancia de todo ser vivo en el planeta, “Ghetto Perpetuo” donde describo el racismo reinante en nuestro días, o “La desintegración del ser” en la que narro los horrores de la guerra, han pesado en su decisión. También quiero agradecer todas las muestras de cariño recibidas de todo el mundo y los apoyos de las diferentes instituciones. Pero sobre todo quiero decir que, yo simplemente soy un creador, y existen personas que diariamente están luchando por un mundo mejor, y por descontado se merecen mucho más ese premio antes que yo. De todas maneras, muchas gracias.

© 2009 by Israel David Martínez
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marson El Blog del Maestro

  1. Sebastien y Noelia
    Martes, 2 de Junio de 2009 a las 10:47 | #1

    Querido Maestro,
    Vemos que no tiene mucha suerte con sus maletas! Se a planteado ir sin equipaje?
    Nosotros tenemos muchas ganas de volver(Sebastien) y de ir por primera vez(Noelia) a Nueva York. Esperamos no encontrar a ese botones tan agradable y no tener estos percanes que estamos seguros que sólo le pasan al Maestro.
    Lo más importante es que su obra se estrenó y pudieron disfrutar de su talento.También la gran suerte de enconcontrar a nuestro querido Trarico, del cual somos grandes fans.
    Le felicitamos nuevamente por su nominación.
    Sebastien y Noelia.

  2. Cristina
    Viernes, 12 de Junio de 2009 a las 19:07 | #2

    ISRAEL,no estas muy trabajador, que te pasa que no escribes mas seguidito quizas porque tienes examenes?yo poco te puedo hablar
    de vacaciones,pues a Enric lo han operado y tardara de andar y
    de llevar el coche,asi que me conformare con leer tus viajes y
    que tenga la suerte de ir algun dia a Nueva York,espero que si
    y tambien me gustaria correr en ese parque tan inmenso que tienen
    como veo en las peliculas,con mi chandal y mis deportivas,esta
    meta no me la quiero perder.SALUDOS Y ABRAZOS CRISTINA

  3. Asyla
    Sábado, 13 de Junio de 2009 a las 00:57 | #3

    Querido maestro.
    Al igual que usted, yo también creo que New York es, o mejor dicho podría ser, mi ciudad, pero por desgracia no he tenido la oportunidad de visitarla todavía para poder confirmar lo que de momento es tan sólo una premonición, un instinto, una fe ciega en lo que intuyo, sería un flechazo instantaneo con esa ciudad.
    En cuanto a sus viajes, no dejan de sorprenderme las anécdotas que le ocurren en los mismos. Entiendo perfectamente el desasosiego que debió causarle la pérdida de su maleta con todas sus queridas y preciadas pertenenecias. Pero por mucho que quiero no puedo ni llegar a imaginarme lo que, para alguien como usted, con ese elevado sentido de la estética y esa innata elegancia, debió significar asistir al estreno de su cuarteto en New York con ese rancio esmoquin. Sólo de pensarlo se me ponen los pelos de punta. Claro, que bien mirado la cosa podía haber sido peor y nuestro amigo, el complaciente y eficaz botones, podía haberle prestado para tan magna ocasión no ese rancio esmoquin sino su preciado y tan largamente usado uniforme, con el que sin duda sí que habría dado una sonora campanada.
    Por cierto, me encantaría que en alguna ocasión nos contara esa primera velada con nuestro entrañable Trarico, pues sin duda debió ser apasionante.

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