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Desde mi palco XXIV

Jueves, 4 de Febrero de 2010

Tristan und Isolde

El pasado 23 de enero se estrenó en el Gran Teatro del Liceu de Barcelona una de las óperas más esperadas de toda la temporada, el Tristán e Isolda de Richard Wagner.

En el ambiente se respiraba una euforia contenida ya que por un lado, el reparto prometía una versión de referencia y por otro, todo el mundo era consciente de que iba a presenciar algo más que una ópera. Escuchar y ver esta obra de Wagner es una experiencia casi religiosa; uno sale embriagado por un filtro sonoro de casi cuatro horas de duración.

Bajo el yugo filosófico de Schöpenhauer, Wagner planifica un desarrollo escénico en tres actos absolutamente brillante: el primero, el día; el segundo , la noche; el tercero, la muerte; además, este poema de amor presenta la simetría de un tríptico : las tablas primera y tercera afirman la presencia simbólica del mar y la segunda es el acto del bosque, noche vegetal que ofrece su oscura protección a los amantes.

Se podría decir sin temor a equivocarse que es la ópera de las óperas. La obra de arte total y absoluta. De ella se sale emocionado, con lágrimas en los ojos, con un espíritu tocado y vencido, con el deseo de volver a sumergirse en su belleza y pasión, y además, durante días y semanas su música resuena en la mente como si fuera una llamada mágica a la oración, un rezo al amor verdadero.

Y los cantantes cumplieron con lo prometido. Deborah Voigt y Peter Seiffert como Isolda y Tristán respectivamente, estuvieron soberbios, fantásticos, absolutamente comprometidos con la partitura y la acción dramática. En el caso concreto de Voigt, hizo un primer acto lleno de matices y con una voz extraordinaria, en el segundo se mantuvo dentro del nivel propuesto aunque en el tercero se le notó algo cansada, por el contrario el Tristán de Seiffert fue ganando carácter y expresividad a medida que iban pasando los minutos.

El resto del reparto, Kwangchul Young como el Rey Marke, Bo Skovhus en Kurwenal, Michaela Schuster como Brangäne o Norbert Ernst en el papel de Melot, estuvieron soberbios.

La dirección musical de Sebastian Weigle empezó algo nerviosa y precipitada pero supo templar los nervios y hacer una lectura consistente y eficaz.

Sin duda no será fácil poder ver en escena durante los próximos meses en los teatros de ópera de nuestro país, tanta cantidad de talento unido con el único propósito de emocionar usando la belleza como único vehículo de expresión.

© by ISRAEL DAVID MARTÍNEZ

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