Capítulo XXV
Una noche en la ópera
Parece que fue ayer pero ya han pasado casi tres meses desde que nació el primer blog, y hoy celebramos el número XXV. Gracias a todos por vuestro apoyo y por la insistencia para que siga escribiendo mis experiencias y pensamientos.
Nunca olvidaré aquella noche en la ópera de San Petersburgo.
La inauguración de una temporada en cualquier gran teatro siempre es un acontecimiento, pero la primera función del año en el Mariinsky de San Petersburgo -para los nostálgicos Leningrado- es algo muy especial. La ciudad entera parece como si fijara su mirada en el escenario, en los cantantes, en el director, en la orquesta, en los afortunados espectadores, y todos juntos viven una gloriosa jornada de hermandad casi religiosa.
Aquella noche, Trarico estrenó su famoso esmoquin de color natillas elaborado con santa paciencia por su sastre de Florencia -nuestro querido Trarico exigió 357 pruebas, hasta quedar satisfecho-, en cambio, yo llevaba mi esmoquin Brioni …, creo que aún lo estoy pagando, pero eso da lo mismo, lo importante siempre es sentirse seguro con la opción escogida.
La ópera era Lucía di Lammermoor de Donizetti dirigida por Keri-Lynn Wilson y en el papel de Lucía teníamos a Anna Netrebko. Tengo que confesar que tanto Trarico como un servidor sentimos una especial adoración por la citada soprano y siempre que podemos, nos trasladamos a los diferentes teatros donde actúa.
Siempre llegamos al Mariinsky con el tiempo necesario para poder degustar un cóctel o una copa de champagne y para poder dedicar los necesarios minutos en criticar y ridiculizar los trajes y complementos estrambóticos que observamos…, el que consigue hacer el comentario más sarcástico paga los taxis.
El público de ópera, exceptuando nosotros dos, es muy “peculiar”. Generalmente no tienen ni idea de música, son rancios y trasnochados, y solamente les mueve la pasión por escuchar aquella aria que se creen capaces de “tararear”. Bien es cierto que en algunos teatros también observamos nuevas generaciones que asisten regularmente a las funciones…, me imagino que estas personas estarán más preparadas que sus abuelos, pero tengo que reconocer que…, no lo se, no me atrevo a acercarme a ellos…, sus atuendos me dan miedo.
El palco de aquella noche lo compartimos con dos ancianitas alcanforadas que a los dos minutos ya estaban roncando; de vez en cuando, les tapábamos las narices; de esa manera se despertaban con el típico sobresalto de estar vivo o muerto y así, podíamos escuchar unos minutos de ópera sin el fondo ronquilero; cuando no queríamos tocar más narices les dábamos una patadita, y les explicábamos que el palco estaba lleno de zarigüeyas salvajes en celo, pero era inútil, continuaban durmiendo.
Cuando faltaban veinte minutos para terminar el primer acto, Trarico cometió el primer error de la noche. Entre la oscuridad del palco se descalzó…, los zapatos que estrenaba le estaban destrozando los pies, y éstos estaban hinchadísimos. Con los aplausos, nuestro amigo intentó volver a ponerse los malditos zapatos, pero era imposible, sus pies habían encontrado una libertad perdida y se negaban rotundamente a regresar al redil.
Durante el entreacto no tuve más remedio que ir a la búsqueda de dos cubos con agua, hielo y sal para que Trarico pudiera introducir sus doloridos pies y que se fueran desinflando poco a poco durante lo que faltaba de representación.
A las ancianitas les pareció curioso lo que estábamos haciendo, y nos preguntaron si los cubos con hielo y la introducción de los pies, era una tradición de nuestro país, antes de volverse a quedar dormidas.
Al terminar la ópera, mientras estábamos aplaudiendo como nunca, entró en nuestro palco el secretario del cónsul de San Petersburgo para explicarnos que Netrebko, le había comentado personalmente en el entreacto que al finalizar la función estaría encantada de recibirnos en su camerino y ofrecernos una copa de champagne. Trarico y yo empezamos a temblar de emoción, qué lastima que no esté Mimmo aquí para conocerla, decía mientras intentaba calzarse…, pero no podía. ¡Póntelos como sea… póntelos! le grité,… imposible…, era imposible. ¡Qué ridículo!, ¿qué va a decir Netrebko, cuando te vea entrar con los zapatos en la mano? ¡No vuelvo a ir a la ópera contigo! ¡Al menos bájate un poco los pantalones para que no se vea esos inmensos pies! le decía mientras nos dirigíamos a los camerinos según la indicación del secretario.
Cuando llegamos por fin a su puerta, llamamos con sumo respeto y adoración, con dos golpecitos propios de un colibrí.
La puerta la abrió una especie de secretario y nos hizo pasar,
- ¿qué desean?
- venimos a saludar a la reina de esta noche.
- ¿estaban citados?
- sí
En ese momento, el secretario, de unos 45 años, delgado como un murciélago, vestido con un jersey negro de cuello alto que le iba tres tallas pequeño y unos pantalones, también negros…, dos tallas pequeños, miró al horizonte, y empezó primero a guiñar el ojo izquierdo, luego el derecho, luego el izquierdo, el derecho, el izquierdo…, Trarico y yo nos miramos sin articular palabra, y cuando los guiños habían alcanzado la velocidad del sonido, se oyó una dulce voz que venía del lavabo… ¿han llegado las visitas?, en ese momento el secretario interrumpió su estrafalaria actuación dándose una bofetada monumental… sí, ya están aquí…, nos miró de arriba abajo, y se fue hacia un rincón del camerino tirándonos un beso a los dos.
Me imagino que resultaría cómica la cara que pusimos, cuando del lavabo, apareció un hombre de unos 55 años vestido como Rita Hayworth en Gilda, con un pelucón mal puesto, y con una mata de pelo natural en el pecho.
- Qué amables son ustedes,… así que les ha gustado la puesta en escena, y no han podido resistir la tentación de venir a saludarme, son un encanto, y qué guapos… ¡Mary! -así se llamaba el secretario-, eres un maleducado, saca el champagne, vamos a celebrarlo toda la noche.
- Ya lo tenía preparado, eres muy impaciente Peter.
- Me sienta bien el vestido, lo estreno esta noche,… ¿ahora los zapatos se llevan en la mano, es moda?- dijo Peter mirando al anonadado Trarico. ¿Pero Mary, dónde están los otros invitados?
Y justo en ese instante, llamaron a la puerta los otros invitados que además traían un radiocasete en el que sonaba “Keep it Gay”. Entró uno vestido de indio apache, otro de Judy Garland en El mago de Oz, otro de motorista, otro de marinero, uno con un tutu de ballet, y una mujer con 150 kilos de peso y con voz profunda vestida con el mono típico para hacer autopistas. Empezamos a beber, y a los veinte minutos, estábamos bailando la conga todos cogidos de la cintura por los pasillos de los camerinos…, en ese momento, salió Anna Netrebko de su camerino…, todos paramos en seco…, nos miró y dijo, …cada vez hay más locas,…es una epidemia…, y se fue.
Aquella noche terminó muy tarde, y fue el principio de una gran amistad con Peter y su secretario Mary…, siempre que nos avisan vamos a disfrutar con sus nuevas óperas…, y si alguna vez hemos coincidido con Netrebko, miramos hacia otro lugar para que no nos reconozca, ¡qué vergüenza!
© 2009 by Israel David Martínez

Querido Maestro,
Nos hemos informado sobre Anna Netrbko y tiene el calendario muy diverso, actua en New York, Vienna, Zurich, Olso, Paris….Entre tantos Teatros esperamos poder ir a verla y también le buscaremos a usted y a nuestro querido Trarico.
La anécdota de los zapatos es genial, el único que lo pasaria muy mal es Trarico…las cosas pasan en sitios tan inesperados….creemos que al final se lo pasarian estupendamente bailando la conga.Te entran ganas de bailar leyendo todo el ambiente que habria en el camerino.
Sebastien y Noelia